Escrito por
Laurie Ann
Ximénez-Fyvie
Cd. de México (05
mayo 2020).- "Como alguien dijo una vez, "existe una diferencia entre
un fracaso y un fiasco". Un fracaso es sólo la ausencia de éxito.
Cualquier tonto puede lograr el fracaso. Pero un fiasco... Un fiasco es un
desastre de proporciones míticas. Un fiasco es una leyenda popular que hace a
otros sentirse más vivos porque no les sucedió a ellos".- Cameron Crowe
La pandemia de
Covid-19 continúa expandiéndose por el mundo con estelas de sufrimiento y
devastación económica. Su impacto en todos los sectores de la sociedad, de los
círculos de poder político y económico a los ciudadanos, es cada día más
patente. La mayoría de los jefes de Estado y autoridades sanitarias -sobre todo
los de España, Italia y Estados Unidos- se tropiezan intentando enmendar los
errores cometidos al inicio de la pandemia. Otros, como los de Brasil y
Nicaragua, agachan la cabeza y se rinden sin haber emprendido en realidad la
lucha para contener la catástrofe, ofreciendo en sacrificio la vida de una
porción del pueblo al que representan. Pocos emprendieron a tiempo y con
eficacia las acciones de contención para esquivar los efectos negativos más
adversos de la pandemia. En este grupo están Vietnam, Taiwán y Nueva Zelanda.
La visión y valor de los líderes de esos países se reflejan en el bajo número
de muertes y el panorama alentador de una recuperación social y económica más
expedita.
Desde el inicio,
los esfuerzos emprendidos por las autoridades mexicanas, encabezados por el Dr.
Hugo López-Gatell Ramírez, Subsecretario de Prevención y Promoción de la Salud,
fueron tardíos e insuficientes. La displicencia de la inacción y el discurso
condescendiente revelan resignación ante un curso de acontecimientos que, si
bien no era inevitable, sí era predecible, tanto por modelos matemáticos como
por las experiencias previas de otros países. Muchas acciones y declaraciones
de Lopez-Gatell han llegado a ser incluso perjudiciales a la contención de los
contagios. La lista es larga, pero tres han sido especialmente perniciosas: 1)
la continua descalificación de medidas preventivas simples pero efectivas como
el uso de cubrebocas, 2) la reiterada desinformación al sugerir que los
portadores asintomáticos del virus no pueden contagiar a otros y 3) la
insistencia en que la realización de pruebas diagnósticas masivas no tiene
utilidad alguna. Si el objetivo de las autoridades es "aplanar la
curva" para evitar la saturación de los hospitales y reducir el número de
defunciones, parece inexplicable que sus propias acciones sean
contraproducentes al objetivo de reducir el ritmo y número de contagios.
Las acciones de
nuestras autoridades pasaron rápidamente de la insuficiencia a la negligencia.
Tan solo 14 días después de reportarse los primeros casos en México,
López-Gatell declaró que sería "demasiado complicado" seguir tratando
de rastrear los casos y contagios. Pasamos entonces de la ilusión de un posible
control a la vigilancia centinela, modelo que proporciona cifras generales y estimaciones,
que evidentemente no está diseñado para controlar un fenómeno de la magnitud y
complejidad de esta pandemia. Las autoridades se resignaron a ser espectadoras
de la catástrofe. Reportan los datos que tienen a mano con fines meramente
informativos y las cifras y estadísticas no conducen a la toma de decisiones
informadas. El 11 de abril, al ser cuestionado sobre la posibilidad de cambiar
la estrategia, López-Gatell fue tajante en su respuesta: "No necesitamos
cambiar la estrategia, esta estrategia la definimos en enero y es para toda la
epidemia". Su declaración explica por qué se hace tan poco para mejorar la
calidad de los datos. Aunque los casos y defunciones aumenten de manera
alarmante, la estrategia definida antes del inicio de la pandemia es considerada
como inamovible; los datos son sólo descriptivos, se deja que los eventos
ocurran y la autoridad se limita a reportarlos.
La pregunta
obligada es: ¿La estrategia de nuestras autoridades tiene siquiera la intención
de contener la expansión de contagios? No es necesario especular para obtener
una respuesta, basta con prestar atención a las declaraciones del propio
López-Gatell. Por ejemplo la del 16 de marzo, después de aquel ignominioso
ejercicio de estulticia científica, cuando declaró: "la fuerza del Presidente
es moral y no es una fuerza de contagio". Las redes sociales y medios de
comunicación estallaron, centrándose en esa frase. No era para menos. Pero más
preocupante fue lo que dijo justo antes: "casi sería mejor que padeciera
(el Presidente) coronavirus, porque lo más probable es que él en lo individual,
como la mayoría de las personas, se va a recuperar espontáneamente y va a
quedar inmune". El 7 de marzo, López-Gatell declaró: "La estrategia
que seguimos es de mitigación, no de contención. México no tiene aspiración
alguna de que el virus se va a detener". Permitir que una proporción
amplia de la población se infecte, con la idea de que quedará naturalmente
inmune a la enfermedad una vez que la infección se resuelva, se conoce como
"inmunidad de rebaño" o "inmunidad comunitaria". En la
práctica, el fenómeno de inmunidad de rebaño se refiere con frecuencia a la
vacunación y no a permitir intencionalmente que las personas enfermen. Lo
anterior es aún más pertinente tratándose de enfermedades con altos índices de
transmisión y letalidad como Covid-19.
Con base en los
últimos cálculos del índice de transmisión del virus SARS-CoV-2, en su
publicación más reciente de estimaciones predictivas, la Escuela de Salud
Pública de la Universidad Johns Hopkins señaló que para lograr una inmunidad de
rebaño efectiva contra Covid-19, se necesitaría que entre 70 y 80% de la
población adquiriera inmunidad. Hasta el momento, se conoce poco sobre la
inmunidad que los individuos que se recuperan de Covid-19 adquieren contra la
enfermedad. Se desconocen aún conceptos básicos como: cuánto tiempo después del
contagio se adquiere un nivel de inmunidad suficiente para conferir protección,
cuánto tiempo dura la protección inmunológica adquirida tras la infección y,
sobre todo, qué porcentaje de individuos inmunes existe en cada comunidad. En
un estudio de la Universidad de Stanford publicado la semana pasada, se señaló
que a pesar de estimar que entre 48,000 y 81,000 de los residentes del Condado
de Santa Clara, en California, habían sido infectados por el virus, sólo entre
el 2.5 y el 4.2% de las personas estudiadas a principios de abril presentaban
anticuerpos contra el virus. En el Estado de Nueva York, las últimas cifras
dadas a conocer el 23 de abril por el Gobernador, Andrew Cuomo, señalaban que
sólo el 13.9% de los residentes del Estado presentaban anticuerpos contra el
virus. La evidencia científica con la que se cuenta en este momento indica que
llevaría más de un año y medio para que entre el 70 y 80% de la población adquiriera
inmunidad natural y que se diera así una inmunidad de rebaño efectiva.
El 23 de abril,
circuló en varios medios una nota con declaraciones de López-Gatell, señalando
que durante la Fase 3 de la pandemia se estimaba que alrededor de 125,000
personas requerirían hospitalización por Covid-19 y que entre 6,000 y 8,000
morirían. El Subsecretario declaró: "Son cifras que mantenemos como
referencia para garantizar los recursos necesarios". Dejando de lado lo
pavoroso que resulta que la persona al frente de controlar esta catástrofe
acepte con naturalidad la previsión de muerte de hasta 8,000 personas, es
necesario destacar que, al igual que las cifras presentadas en las conferencias
vespertinas, López-Gatell se equivoca en la aritmética básica. Según estudios
publicados en The Lancet sobre la distribución de casos, aproximadamente 80%
son asintomáticos o leves, 15% son severos y requieren hospitalización y 5% son
críticos y requieren cuidados intensivos con ventilación mecánica. De estos
últimos, muere entre el 80 y 85%. Si el Subsecretario estima que 125,000 casos
requerirán hospitalización, eso significa un total aproximado de 833,333
infectados; 666,667 casos leves; 41,667 casos críticos y entre 33,333 y 35,417
defunciones.
Las cifras
ocultas, las interpretaciones sesgadas y las verdades a medias son graves, pero
el mayor error es de cálculo. Para que en México -con una población aproximada
de 127 millones de habitantes- se pudiera dar una inmunidad de rebaño efectiva
por medio de la infección natural masiva de la población, tendrían que
infectarse en el transcurso del siguiente año y medio entre 88.9 y 101.6
millones de personas. De ellas, entre 13.3 y 15.2 millones requerirían
hospitalización, entre 4.4 y 5.1 millones alcanzarían un estado crítico y tendrían
que ser tratadas en unidades de terapia intensiva con ventilador (8,231 a 9,407
cada día durante los siguientes 18 meses). Entre 3.5 y 3.8 millones de personas
morirían. No hay sistema de salud en el mundo, ni siquiera sumando los mejores
de otras naciones, capaz de atender semejante número de casos críticos al día.
El "fiasco del siglo" consiste pues en haber apostado --contra todas
las evidencias científicas-- a una estrategia que implicaría sacrificar la vida
de más de 3.5 millones de personas, pensando seguramente que sería el camino
más fácil y menos costoso. La estrategia de la inmunidad de rebaño, aunque no
ha sido nombrada así de forma explícita por las autoridades, es la que se está
llevando a cabo, de hecho, en nuestro País y sencillamente no puede funcionar
para controlar la pandemia que nos azota.
Tarde o temprano
vendrá la rendición de cuentas. La historia no suele tratar con amabilidad a
aquellos científicos que en pro de un bien común malentendido y faltando a la
ética que su profesión demanda, han abusado de su poder y posición,
sacrificando o arriesgando la vida de las personas. ¿Quizás el caso de Josef
Mengele venga a la mente? Hoy en México se reportaron oficialmente 24,905 casos
y 2,271 defunciones. Queda mucho por hacer y debe hacerse con urgencia. Hemos
perdido ya por arriba de 4 veces más vidas a causa de Covid-19 que por el
terremoto de 2017. El coronavirus llegó para quedarse, no va a desaparecer de
forma espontánea. No existe vacuna o tratamiento efectivo contra la enfermedad
que causa. Se requiere la implementación de medidas enérgicas y efectivas de
contención, mediante la realización de pruebas diagnósticas masivas y el
rastreo de casos y contagios. Estamos en la etapa de mayor velocidad de avance
de la pandemia y hay muchas vidas que todavía pueden salvarse. Nuestras
autoridades deben ajustar la estrategia. El precio de su vacilación y
pusilanimidad, para actuar con rapidez y contundencia al inicio de la pandemia,
se está pagando con el sufrimiento y la vida de muchos mexicanos. Ahora tienen
la obligación cívica y moral de rectificar el rumbo y tratar de resarcir el
daño, salvando el mayor número posible de vidas.
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La autora es
Doctora en Ciencias Médicas con Especialización en Microbiología egresada de la
Universidad de Harvard. Jefa del Laboratorio de Genética Molecular. Facultad de
Odontología. UNAM.
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